La Patagonia y el Paraíso

Fue Bruce Chatwin con su libro En la Patagonia el culpable de generar en mi vida un lugar inevitable al que peregrinar. Me olvidé de este lugar yermo y maldito hasta que hace poco he leído La Lámpara de Aladino, el último libro de Luis Sepúlveda y uno de sus cuentos me avisó de que esa afinidad a su influencia seguía latente dentro de mí. Chatwin, decía en su libro, que a diferencia de los desiertos de Arabia, la Patagonia no ha producido ningún desborde espiritual dramático, aunque sí ocupa un lugar en los anales de la experiencia humana. El mismo Charles Darwin juzgó irresistibles sus cualidades negativas y al intentar resumir El Viaje del Beagle intentó explicar, sin éxito, por qué estos “eriales yermos” se habían apoderado con tanta fuerza de su mente. Sólo allí, el viento se parece al susurro de los dioses que nos advierten con un mensaje indiscutible, que nos acercamos al final del mundo, a la soledad más absoluta y desconcertante. Desde Río Negro hasta Ushuaia, este vasto territorio ha acogido a parias de todos los rincones de la tierra que han buscado en la inmensidad de su océano de matorral al hombre que dejaron atrás en otra vida, a aquel que fueron en el principio de los tiempos. Estoy seguro que Luis Sepúlveda leyó a Bruce Chatwin y que también este le transmitió la influencia iniciática de este lugar, porque los libros del chileno desprenden magia y sueños con sólo leer el título de sus novelas. Sirviendo de antesala y más lejos aún del estrecho de Magallanes, se encuentra el Ignoto Antártico, el Antictono de los pitagóricos y que en los mapas de otras épocas aparece con la leyenda Nieblas. Según Chatwin “evidentemente una franja de agua tenía que separar este país quimérico del resto de la Creación".





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